agosto 01, 2006

Filmar el sigilo

“¿Para qué fuiste al colegio alemán?”, le demanda una mujer al hombre que empuña la cámara. La escena transcurre, en las puertas de una iglesia, en la ciudad de Bariloche. Es el año 1995. El protagonista (al que la mujer, secundada por un grupo de vecinos, intenta proteger de las imágenes) es Erich Priebke, criminal de guerra nazi que, en esos días, fue deportado a Italia.
El que registra los instantes póstumos de la residencia de Priebke en Argentina, es Carlos Echeverría, realizador de Pacto de silencio y Juan, como si nada hubiera sucedido, dos películas que desbordan su objeto (respectivamente, Priebke y Juan Herman, desaparecido durante la última dictadura militar) para indagar las redes comunitarias que, en Bariloche, se tejieron en torno a estos acontecimientos y su conveniente silencio.
La pregunta que cae sobre Echeverría como un proyectil esconde, claro, una afirmación cuya historia el director habrá de desenvolver a lo largo de ciento treinta minutos. Desde el punto de vista documental, la exhaustiva investigación obligó al equipo de realización a recoger pruebas y testimonios en Argentina, Chile, Italia y Alemania.
El resultado es un collage de registros audiovisuales ensamblados con inteligencia y rigor, subvirtiendo la delgada línea que confronta la verdad con la ficción. Sobre todo, Pacto de silencio extenúa la vocación de quebrar el secreto alrededor de las prácticas doctrinarias ejecutadas, en muy diversos ámbitos, por el nacionalsocialismo bajo el amparo del Estado argentino.
Sin embargo, la lógica de la película no sigue el sistema convencional del cine documental o del documental televisivo, inclinado hacia la didáctica sedante. Por el contrario, allí donde se desanuda un pasado tan fresco como encriptado, el presente histórico se ilumina con nuevas herramientas para su reflexión. En este sentido, Pacto de silencio demanda un espectador dispuesto a dejarse interpelar y a acompañar al director en la exhumación de “infidencias” políticas, vecinales, domésticas que, a la manera de apostillas fantasmas, apuntan a otras circunstancias que la película no explicita.
Conforme corren los informes en la pantalla, se multiplican los interrogantes y relampaguean en la conciencia. ¿Habrá que definir como un “gesto” fundante del terrorismo de Estado, el ingreso irrestricto al país de criminales de guerra, aún con nombres e identidades falsos? Y después, ¿en qué medida el indulto del presidente Perón a esos asesinos, señaló el porvenir de la criminalidad militar local? ¿Qué efecto provocaron, al menos, en una porción de la sociedad argentina las escuelas, los clubes, los ateneos de instrucción racista? ¿Cómo se tejió la red de complicidades?
En una época abrumada por la información de superficie, Pacto de silencio desvía la conversación hacia otras profundidades, altera su itinerario convencional, inaugura una intensidad de la que el espectador no saldrá inmune. Si acaso tiene algún beneficio la desarticulación de malversaciones históricas, es para reacomodar el presente instalándolo en una cuerda más confortable a la vida social.
Carlos Echeverría habla claro, se hace entender. En cualquiera de sus películas se vislumbran dos motivos: el que ocupa el argumento en cada caso y, en otro renglón, las causas por las que el hombre empuña su cámara. Rasgar el ojo del que mira, componer un pueblo que todavía no es, reparar una educación (que es una historia compartida) abominable. Ahí están, expuestas con absoluta honestidad, todas las respuestas posibles a aquella pregunta/afirmación inicial.


julio 20, 2006

Poeta en acto

“…Más tarde supe que el precio de todo amor, de toda compañía, de toda liberación, de toda esperanza era la propia vida que tampoco dispone…”, escribió Paco Urondo en La petite sensation
[1].
La propia vida de Francisco Urondo duró desde 1930 hasta 1976
[2], dispersa entre las ciudades de Santa Fe –en la que nació-, Buenos Aires –donde vivió- y Mendoza –donde murió y luego fue asesinado.
En esas geografías más o menos provincianas, más o menos pequeño burguesas, más o menos ilustradas y, a su turno, más o menos inhóspitas, el poeta
[3] ensayó el periodismo (fue Jefe de Redacción y responsable político del diario Noticias, que el gobierno de Isabel Perón clausuró en 1974), la escritura cinematográfica (fue co-guionista de Pajarito Gómez –una vida feliz-, El ABC del amor y Turismo de carretera), la adaptación de clásicos de la literatura para la televisión (Madame Bovary, Rojo y Negro y Los Maïas, entre otros), la militancia peronista (en las Fuerzas Armadas Revolucionarias y, más tarde, en Montoneros) y la gestión pública (fue Director de Arte Contemporáneo de la Universidad del Litoral -1957-, Director Provincial de Cultura de Santa Fé -1968-, y Director del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad de Buenos Aires -1973).
Si pudiera concebirse como un filme, la petite sensation –esa vida breve y de inequívoca filiación sartreana que describe Urondo en su poema-, eludiría el montaje para materializar, en un solo plano secuencia, los fragmentos cruciales de la biografía íntima (las mujeres que enamoró y lo acompañaron, los hijos que tuvo con ellas, el impacto que produjo la figura del Che Guevara en su sistema de creencias y lealtades, la cárcel, el terror a la delación, el abandono de sus compañeros) con la secuencia histórica de esos cuarenta y seis años, como telón de fondo controversial.
Es que Urondo vivió, escribió y militó en una Argentina que, tras la revolución cubana, intentó derramar sus fronteras artísticas e intelectuales, hacia la quimera de un continente Latinoamericano emancipado. Ajeno a las disyuntivas éticas o revolucionarias que, en público o en privado, desafiaron otros escritores contemporáneos, en Urondo el predicado “vivió, escribió y militó” fue la expresión natural de su sintaxis, literaria y doméstica. Apenas tres verbos que intercambiaron sus significados a lo largo de una existencia brillante y sombría a la vez, de una “palabra justa” cuyo diagnóstico todavía aturde el presente: “No hay energías en esta temblorosa tierra / hay gemidos en la ciudad / tiembla un dolor mudo y expectante / una tierna vacilación / una certidumbre que demora / un riesgo que incita y escapa”.

En efecto, durante la década del 60, Urondo participó del proceso de radicalización que involucró a intelectuales latinoamericanos, predominantemente, de clase media. Como tantos otros, observó una formación marxista e integró las redes culturales e informativas organizadas en torno a Cuba y el Movimiento de Liberación Nacional.
En ese contexto, protagonizó los debates que no atinaban a conciliar la lucha armada con la heterogeneidad conceptual y de clase que caracterizó (y aún hoy caracteriza) al peronismo. Hasta que, finalmente, las F.A.R. consagraron el “guevarismo peronista” como la síntesis del “nacionalismo revolucionario” al que convocaba “la hora”.
Desde una perspectiva estrictamente literaria, Paco Urondo perteneció a una generación de poetas que, además, asumió como propias las expectativas de la vanguardia histórica: poner la palabra en acto, esculpir la vida según la métrica caprichosa del verso libre, abandonar la buhardilla para confundirse con la multitud de trabajadores urbanos. De esa antología conjetural, sin duda participaron Roberto Santoro, Miguel Ángel Bustos, Juan Gelman, Juana Bignozzi, Susana Thénon, Mario Trejo, Alberto Vanasco, Leónidas Lamborghini, Raúl Gustavo Aguirre y otros camaradas afines al Movimiento Poesía Buenos Aires.
Sin embargo, obstinadamente fiel a aquellas condiciones y a través de una delicada escritura, la poesía fue una coartada que le sirvió a Urondo para murmurar sus vacilaciones sentimentales (“Soy un sometido / a la mugre de tus rodillas; fiel a pesar mío. Devoto / de esta historia que nadie conoce, salvo nosotros dos”), para dejar en suspenso el signo de su escepticismo (“Nuestras manos / procuraban ordenar el temblor, dominar el doloroso pánico; / y todo porque Humphrey Bogart había resucitado”), para descongestionar la prepotencia romántica de la circunstancia (“Manos enrarecidas / que rodean / la calle sitiando su respiración. Dominados / del mundo; empleadas / tersas y vulgares bajando / de coches lujosos de los dueños / de otras empleadas, y así sucesivamente”) y para anticipar el dogmatismo de un pensamiento que, amenazando el porvenir de manera brutal, disimuló en la imprudencia su formato de traición (“esperábamos otra cosa de los aires del mundo / que un milagro impusiera un nuevo destino / un destino que no ganamos que no pudo correspondernos”).

A pesar de sus reparos, Paco Urondo respetó la orden impartida por la cúpula de Montoneros y, en los primeros meses de 1976, se trasladó a la localidad de Guaymallén (Mendoza) con su mujer –Alicia Raboy- y su hija menor. El 17 de junio, emboscada en una “cita de control”, la pareja agotó su suerte con una pastilla de cianuro, y obligó a la compañera que la secundaba, a abandonar la camioneta y salvar la vida de la pequeña Ángela.
Cuando el Ejército dio con ellos, los disparos impactaron sobre dos cuerpos inertes que, tiempo atrás, ya habían pedido “perdón por los que nacen / por los que caen para siempre sin probar una ternura breve o amarga / por la urgencia / por el amor que no supimos ejercitar / por las ideas que no pudimos imponer / por las mujeres que no entendimos / por el fracaso / por los éxitos de esta vida…”.
Treinta años después de esa infamia, cualquier evocación deberia proponerse desmantelar la lógica del descuido que se aplicó a la obra de Urondo parecida, acaso, a la que precipitó su muerte. Descongelar el debate acerca de la lucha armada, cifrar y descifrar quiénes eran (son) los destinatarios de ese perdón poético y, si fuera oportuno, desenmascarar a los que lo condenaron a morir tantas veces. De otro modo, no será posible gritar su nombre / sin arriesgarnos a que responda alguien / a quien precisamente deseábamos evitar.


Notas
[1] Incluido en la antología póstuma Cuentos de batalla.
[2] El arco que, en la historia nacional, trazan el primer y el último golpe de Estado. En 1930, José Félix Uriburu derroca al presidente Yrigoyen, inaugurando “la década infame”. En 1976, la Junta Militar al mando de Jorge Rafael Videla, destituye a Isabel Martínez de Perón, iniciando el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”, eufemismo que encubrió el plan terrorista propiciado por el estado militar en complicidad con el stablishment económico.
[3] Paco Urondo publicó los libros de poemas: La Perichole (1954), Historia antigua (1956), Dos poemas (1958), Breves (1959), Lugares (1961), Nombres (1963), Del otro lado (1967), Adolecer (1968), Son memorias (1970) y Todos los poemas (1972). Su interés literario alcanzó el teatro (Sainete con variaciones, 1966), el relato breve (Todo eso y Al tacto, 1966/67), el ensayo (Veinte años de poesía argentina, 1968), y la novela Los pasos previos (1972). Una extensa entrevista a María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar -los únicos tres sobrevivientes de la masacre de Trelew -, realizada en la cárcel de Devoto, la noche previa a la liberación de los presos políticos amnistiados por el presidente Héctor J. Cámpora, el 24 de mayo de 1973, se editó bajo el título La patria fusilada (1973). A su muerte, quedó inédito Cuentos de batalla (1973-1976).

julio 11, 2006

julio 01, 2006

¿Qué importa quién habla?

"Cuando te la pasás buscando tréboles de cuatro hojas, tarde o temprano, te va a quedar el culo al aire".

junio 29, 2006

Carta de los directores de Ciudad Abierta

Buenos Aires, 26 de junio de 2006

Estimados Amigos:
El generoso y oportuno apoyo brindado a la experiencia de televisión pública que tuvimos la suerte de integrar, impidió en el mes de marzo de 2006 la liquidación del proyecto que llevaba adelante Ciudad Abierta. Durante estos dos años condujimos el canal con espíritu independiente, no gubernamental, lo que permitió producir una televisión pública abierta a nuevas miradas, otras estéticas, y a discursos sobre la Ciudad de poca o nula circulación en los grandes medios. Tuvimos la vocación de representar un amplio arco cultural, artístico y sociopolítico, conscientes de que una ciudad compleja como Buenos Aires, solo puede ser representada de modo complejo.
Con cierta ingenuidad, llegamos a imaginar que el actual gobierno de la Ciudad, podría valorar semejante respaldo a la experiencia Ciudad Abierta, como una forma de abrir, al fin, una discusión social sobre las políticas de comunicación pública en Buenos Aires. Ocurrió todo lo contrario. Pasaron cuatro meses en los que no fuimos atendidos siquiera una vez por alguna autoridad del área de comunicación, en los que ni siquiera recibimos la más mínima opinión sobre el perfil de la programación o sobre la política de comunicación del nuevo gobierno, si éste la tuviera.
Durante esos meses fuimos objeto del maltrato oficial, de toda clase de recortes de recursos, de banales conspiraciones cotidianas, de falta de financiamiento, hasta el punto de tener que detener la producción de los programas. El gobierno pareció visiblemente más interesado en hacer fracasar esta experiencia apoyada por todos ustedes, que en mejorarla. Sobre el canal parece haberse abatido una ley de la vieja política: en cuanto una gestión funciona bien, se le hace la vida imposible.
Finalmente, la semana pasada nos solicitaron la renuncia sin apelar a otro argumento que “la voluntad del Jefe de Gobierno”. No podemos, entonces, conocer las razones que sustentan actitudes y decisiones tomadas. Quizás los responsables puedan explicarlas oportunamente.

En Argentina no existe una tradición sostenida de televisión pública de calidad, inteligente e independiente. Ciudad Abierta quiso hacer su aporte en esa dirección. ¿Resulta esto una imperdonable osadía? Desde marzo (fecha en que comenzó la hostilidad del gobierno), y gracias a la continuidad que obtuvimos debido al apoyo de ustedes, hemos podido llevar a cabo una serie de proyectos, que profundizaron lo realizado durante el 2005.
-La puesta en pantalla de nuestro sistema de columnistas: David Viñas, Liliana Herrero, Tomás Abraham, Eugenio Zaffaroni, Cristian Alarcón, Julián Gorodischer, Pablo Marchetti, Rafael Cippolini.
-La producción de cuatro telefilms de ficción, dirigidos por Julia Solomonoff, Gustavo Postiglione, Lucía Cedrón y Rocío Fernández, a los que hubieran continuado Octavio Gettino, Sergio Bellotti, Ricardo Bartis y Fito Páez.
-El documental ya finalizado y listo para su estreno de Martín Rejtman, sobre la comunidad boliviana en el Bajo Flores. Lo mismo en cuanto a los trabajos en curso de Lucrecia Martel, Lisandro Alonso, Luis Ortega, SergioBizzio.
-El ciclo especial sobre los 30 años del golpe, que incluyó documentales y entrevistas, con un nivel de repercusión extraño para un pequeño canal decable.
-La emisión de la señal latinoamericana Telesur, que se incluye en el espacio que el canal brinda a las televisoras públicas latinoamericanas.
Al interrumpirse la gestión de manera intempestiva, nos vamos sin poder estrenar nuevos programas y experiencias. Fabio Alberti y su programa sobre cultura popular, el Dr. Elías Neumann y su mirada progresista sobre el delito, Albertina Carri y sus deseos de producir televisión con chicos de barrios populares, Alejandro Kaufman y su particular visión sobre la seguridad. Lamentablemente no pudimos garantizar la realización de estos proyectos.
Todo lo hecho fue conseguido con el apoyo de ustedes y de muchos otros como ustedes. Es decir: con el apoyo de artistas, escritores, militantes, trabajadores sociales, intelectuales, videastas, realizadores, urbanistas, músicos, profesores universitarios, periodistas, diseñadores gráficos, actores. Y sobre todo, con el apoyo de los vecinos de la ciudad. Lo hemos conseguido con un equipo de trabajo joven, dinámico, creativo. Con una audiencia cada día más numerosa, que superaba con creces a la de otros canales de perfil cultural. Una ciudad como Buenos Aires pierde mucho cuando un gobierno decide arbitrariamente abortar de un modo tan violento una experiencia original.
Lo ocurrido deja una enseñanza: la necesidad de una urgente discusión social sobre qué significa una política pública en temas culturales y de comunicación. Esperemos que más allá de nuestro obligado alejamiento, el gobierno entienda que Ciudad Abierta es un canal de todos. Que tiene un lugar ganado entre los espectadores a base de trabajo, honestidad, creatividad, pluralismo, y una mirada que intentó ser crítica y aguda, sobre nuestro tiempo.
Para nosotros, más allá del final, Ciudad Abierta fue una experiencia estimulante y exitosa. Muchas gracias por el apoyo recibido a lo largo de estos años.
Alejandro Montalbán
Gabriel Reches
Damián Tabarovsky